Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un mostruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por dos partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. “¿Qué me ha ocurrido?”, pensó. Extraído de La Metamorfosis de Kafka Siempre he imaginado el infierno como algo parecido a lo que le pasa al protagonista de la Metamorfosis, un cambio de humano a animal, un estado en el que se pierde todo resto de dignidad humana. Algunos hay que se niegan la existencia del infierno(aunque todo aquello que la mente imagina lo crea), y se permiten ir maldiciendo, realizando amenazas veladas a sus semejantes de que si fueran en contra de él, la fuerza de su maldición los fulminaría; que se permiten hacer daño a la gente usando el mal, creídos de que ese mal no les traerá consecuencias. Estos mismos, que para acallar sus conciencias, se dicen que el infierno ya está aquí, en la tierra, sofocando así ésa su voz interior, cada vez más inaudible, que les advierte de su irremediable fin, si no se arrepienten.
En la foto, Celso Bugallo, uno de los rostros más expresivos y bellos de nuestro cine.