
Las primeras navidades que recuerdo, de olor a cordiales en el horno, de risas, de compras de úlima hora, de la soñada tarde en la granja donde acompañábamos a mi padre a por un pavo vivo. Qué divertido para unos niños de ciudad arrimarse a darle pasto a las vacas, qué miedo y qué grandes, acariciar al viejo percherón del dueño, felices de saber que en casa nos esperaba ese aroma a felicidad de los días más esperados del año. Vacaciones, regalos, ricas vituallas...y ese obligame a mí misma, adelantándome a la edad de entender las cosas, a recordar que en aquél pobre pesebre, se representaba algo importante, que ese niño especial te decía cosas bonitas al corazón, y ese corazón de pequeña te decía que era maravilloso que alguna vez hubiera existido un niño Jesús, que naciendo llenaba nuestras existencias de prodigio, que te decía al corazón que la magia habitaba entre los hombres, y que esa magia era esperanza y era fe en un hermoso mañana.


